Consumo de Pollo en México
En un país donde el huevo es casi religión —acompaña al taco, corona la torta y salva al estudiante en crisis—, resulta incómodo recordar que detrás de cada cascarón hay un drama emplumado. México es el mayor consumidor de huevo del mundo: unos 23 kilos por persona al año. Una devoción nacional que se sostiene, paradójicamente, sobre un sistema industrial que convierte la vida de más de 200 millones de gallinas en un guion de tragedia griega encerrada entre barrotes.
Las llamadas “jaulas en batería” suenan a invento futurista, pero en realidad son más parecidas a un cepo medieval con Wi-Fi ausente. Ahí, las aves no pueden extender las alas; algunas nunca sienten el suelo bajo sus patas, salvo cuando colapsan. El contraste es brutal: mientras el consumidor se imagina gallinas felices bajo el sol, la realidad es una masa de cuerpos que respiran polvo, estrés y hacinamiento. Un huevo con yema brillante, pero con sombra oscura.
La ironía está servida: el huevo, símbolo universal de vida, nace en condiciones que rozan lo inerte. Y el negocio, por supuesto, es rentable. México es también el mayor productor de huevo de América Latina. La lógica industrial es clara: producir más, gastar menos, sacrificar lo invisible. ¿Quién va a protestar por una gallina anónima, sin nombre, sin rostro?
A veces, el contraste se vuelve casi grotesco. Mientras los anuncios publicitarios muestran granjas verdes y gallinas trotando en la hierba, los datos oficiales reconocen que más del 95% de las aves viven confinadas en jaulas metálicas. Es como vender postales del Caribe en pleno basurero: la fantasía es rentable, la verdad no tanto.
Pero la historia no termina con el lamento. Hay señales de cambio. En Europa, varias cadenas han prohibido los huevos de jaula; en Estados Unidos, los consumidores presionan cada vez más; en México, tímidamente, surgen granjas de “huevo libre de jaula”, aunque todavía representan una minoría microscópica. Es como prender una vela en medio de un apagón: no soluciona el problema, pero señala el camino.
El dilema es inevitable: ¿seguiremos defendiendo nuestra tradición culinaria a costa de perpetuar un sufrimiento masivo? O, por el contrario, ¿seremos capaces de replantear nuestra relación con el alimento más cotidiano? El huevo seguirá en la mesa mexicana, sí, pero la pregunta es si podrá hacerlo sin cargar con la culpa de un millón de jaulas oxidadas.